Día #6 Que no se crea el putas de aguadas, pero que muy disimuladito, lo sea.



Para establecer la rutina. Veinte días de nimiedades.

Pasan por el “haber” una serie de personajes simpáticos, de todas las tallas, colores y formas… y yo ¿qué puedo hacer? Fallé, fallaron, no eran, se fueron, me fui. Resulta que en la mesa, los sábados, en casa de mi madre, he escuchado varias veces la expresión: “Te está dejando el tren”. La última vez que me han dicho esta frase descarada, cotidiana y absurda, pregunté, un poco sardónica: -¿Debo montarme a tren alguno? A ver… ¿de qué tren hablas? ¿a dónde me lleva ese tren? ¿por qué es tan magesticamente importante que me suba a ese bendito tren que te inventaste?... sonrió mi interpelado y yo, otra vez sardónica rematé: -El día que alguien me diga a dónde lleva ese dichoso tren, me subo pues. Estoy parada en la estación, no soy Penélope. Estoy más enfocada en los entramados de la luz en los rostros, el alfabeto juega entre los rieles, es más, puedo ver que del reloj de la torre salen pequeños enanos, estoy más concentrada en cualquier cosa, menos el tren. Han pasado muchos, no reparo en los caballeros de los pasillos, que hacen poses. De repente, he confundido a los indiferentes galanes con ese aire de suficiencia que disfracé de intelectualidad. Luego busqué la sencillez de esa inteligencia y brillantez robustecida por el humor oscuro de algunos “hombres malditos”. Yo quería un Boudelaire, yo quería un Rimbaud, yo quería un Bolaño un Kerouac, un inspirado. Y en verdad eran bastante creativos, simpáticos, impetuosos. Algunos se amaban demasiado a ellos mismos, algunos no amaban nada, algunos querían estar perdidos, y algunos tristemente el mundo los venció demasiado pronto. Algunos estaban rabiosos, algunos odiaban a sus madres. Algunos perdían el tiempo, otros nunca tenían tiempo. Son tantas figuras que por, digamos, incompatibilidad de caracteres, simplemente siguieron, yo simplemente seguí, ellos fueron y son, como yo he sido y soy. Next.
En este punto determinante de cansancio y agobio por el “otro”, el “otro amoroso”, conociendo la histérica que puedo ser y el extremo siguiente, la indiferente, indolente y desdeñosa que también conozco en mi, me doy en pensar en la sincronía. CREO. Creo firmemente en la sincronía. Dos puntos equidistantes, él, un paralelo. Lo que sucede es que su tren va hacia al Norte y el mío va hacia el Sur. Lo interesante de esta sincronía, es que, en el momento justo de la entrega de boletos hacemos un comentario simultáneo de la actitud del hombre que vende las boletas (Este hombre es Dios jugando parqués). Ese instante, ese preciso instante, instaurará en mi haber un nuevo jeito.  Porque aunque él vaya hacia el Norte y yo hacia el Sur, nos veremos en esa estación todos los días a las seis. No es un buen argumento para hablar de sincronía, pero de que lo hay lo hay porque al menos sé que este hombre no se cree el putas de aguadas, porque con solo verlo sabré que es el putas. Lo veré con tal respeto y me verá con tal respeto que lo que viene a continuación es él conociendo el Sur y yo visitando el Norte. Y seguirán transitando trenes y yo continuaré perdiéndolos, pero se sumará diversión y no faltarán las risas. Lo demás es cosa mía y cosa de él, el detalle de esta narrativa, la historia del escribiente que mueve los hilos invisibles.


Estoy parada en esa estación. En el pasillo de enfrente hay un hombre que me observa y sonríe, sabe algo, trama algo. Lo conozco. Me ha lanzado un anzuelo, él también ve los enanos que salen del reloj de la torre. Yo voy hacia el Sur, él va hacia el Norte. Alguien le contó en sueños sobre la sincronía. Mañana nos sentaremos después de las seis a comer una dona de arequipe con café. Hablaremos del universo, de la teoría de cuerdas, del bibliotecario de Borges y de las hormigas. Me contará su sueño. Sabré que fui yo quien le contó de la sincronía. Conozco los tubos de luz que unen a la gente… no se lo diré hoy. Ya nos habíamos soñado. 

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